Suenan las trompetas y los tambores, ha llegado el Rey. Él siempre complaciente, se acerca a la gente que le saluda. Montando su caballo negro, muestra su gran espada de acero noble, como noble es su corazón. No diré su nombre, pero vosotros mismos descubriréis de quien relato. Forman un baile en su honor y acuden las más bellas damas y los nobles de la comarca. No hay guerras, es tiempo de paz y eso se agradece. No más derramamiento de sangre, sangre desperdiciada por sed de ideas o conquistas. Él desea que acabe el baile, aunque está a gusto, prefiere la compañía en privado de su mujer, la Reina. Hace tiempo que no está con ella y solo la luz de una vela, hace de testigo del amor que se procesan. Sin ningún vástago, no pierden tiempo en iniciar la tarea. Con la ilusión puesta, en tener sucesor. Rozan la piel y se adentran en los confines del amor y del deseo carnal. Nadie les molesta y solo dejan pasar, a la ligera brisa nocturna de una noche de verano. Todo es perfecto y al aca...
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