Mátame de dolor En los oscuros callejones de la ciudad, donde los gatos se adueñan del terreno, Charles Gordon se inyecta su porción de alegría. Llueve, llueve a cantaros, pero a él, parece no importarle. Solo viaja a un mundo que ya no es desconocido para él, un mundo donde todo se amortigua y se silencia. No sé si por mucho rato o por mucho tiempo, solo sé lo que me contó en una de las veces que lo vi, antes de volver a la vida. Todo para Charles Gordon no era bienvenido, con un miedo atroz a envejecer y a la muerte en sí, le hacía vender lo que pillaba para pagar por no vivir. Quería que le mataran el dolor, el dolor de ver y sentir, de oír y no poder hablar, por ser demasiado sensible se abocó a lo que estuvo a punto de se...
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